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Mayo 2015

Apreciado(a) colaborador(a):

¿Se ha preguntado alguna vez qué clase de persona quiere Dios que usted sea? Aunque nuestros talentos, personalidades, habilidades y trasfondos pueden ser diferentes, las Sagradas Escrituras revelan algunas cualidades básicas que el Señor desea para todos nosotros. Cada uno de nosotros está llamado a tener un corazón para alentar a otros (1 T 5.11). Alentar a una persona es simplemente hacerle saber que no está sola. La vida cristiana no es de aislamiento e independencia, sino de relación e interconexión. Aunque algunos seamos más extrovertidos que otros, todos podemos dar aliento de maneras únicas. Es posible que no tengamos la menor idea de cómo repercutirán nuestras palabras, consejos o acciones bondadosas en otra persona.

Cuando yo estaba en el primer grado de la escuela, escuché el comentario que hizo mi maestra a otra persona: “Charles me simpatiza”. Ella probablemente nunca supo que yo escuché su comentario, y mucho menos de lo que eso significó para mí, pero todavía recuerdo lo que sentí en ese momento, y el aliento que me dio eso durante un período de soledad. Otra persona que influyó en mí de una manera poderosa, fue mi maestro de la escuela dominical. Incluso después de que yo había comenzado a asistir a otra iglesia, cada vez que me veía repartiendo periódicos detenía su automóvil para hablar conmigo durante un rato. Después me compraba uno por más o menos el doble del precio, a pesar de que yo había entregado ya un ejemplar en su casa. No hablábamos de nada importante, pero me hacía sentir importante que él se esforzaba por hablar conmigo. Probablemente todos tenemos recuerdos parecidos de personas que, de alguna manera, nos alentaron.

Bernabé es un excelente ejemplo de una persona alentadora que encontramos en la Biblia. Su nombre significa “hijo de consolación”, y eso es exactamente lo que él era. Es mencionado por primera vez por su afán de ayudar a los creyentes de Jerusalén. Después de vender un terreno, entregó el dinero a los apóstoles para que pudieran darlo a cualquiera que tuviera una necesidad (Hch 4. 36, 37). En otra ocasión, trajo a Saulo, un antiguo perseguidor de los creyentes, a la iglesia, asegurándoles que él era ahora creyente y seguidor de Cristo (Hch 9.26, 27). Es posible que Bernabé no supiera jamás la importancia de ese acto de bondad. Con el tiempo, Saulo se convertiría en el gran apóstol Pablo que alentó a muchos otros en sus viajes por todas partes plantando iglesias.

Dios quiere utilizarnos a cada uno de maneras diferentes para alentar a otros. Esto significa que debemos prestar atención a las personas que el Señor ponga en nuestro camino, y ponernos a disposición de ellas, incluso cuando eso nos cause inconvenientes o sintamos que no tenemos nada que ofrecer. Si le pedimos al Señor, Él nos dará la sabiduría para saber qué decir o qué hacer cuando nos acerquemos a otros.

Para convertirnos en alentadores, primero tenemos que dar a los demás nuestro tiempo y nuestra atención (1 S 2.17-20). Los encuentros cara a cara son los más efectivos, pero también podemos llegar a otros por medio de llamadas telefónicas, correos electrónicos, cartas o incluso mensajes de texto. Sin embargo, he visto con frecuencia a personas sentadas juntas en un restaurante en la que una de ellas está con la cabeza inclinada sobre su teléfono. Ese no es el momento para enviar mensajes de texto. Cuando estamos con otras personas, tenemos que darles toda nuestra atención y escucharlas cuidadosamente. ¿De qué otra forma podremos saber lo que hay en sus corazones, y lo que necesitan?

En segundo lugar, podemos alentar a otros ayudando a suplir sus necesidades (2 Co 1.5-7). Esto puede hacerse confortando a quienes sufren, demostrando aprecio a quienes luchan con una baja autoestima, pasando tiempo con quienes están solos, o simplemente atendiendo las necesidades de alguien. Por ejemplo, si yo no tuviera a personas que me ayudaran a resolver problemas técnicos de mi computadora, ésta sería un desastre.

En tercer lugar, los cristianos estamos llamados a edificarnos unos a otros espiritualmente (Ro 1.11, 12). Cuando las personas tienen dificultades para confiar en el Señor en los tiempos difíciles, necesitan a alguien que les recuerde la presencia constante de Dios, sus promesas seguras, o su poder ilimitado en su situación. A veces, es útil señalar un versículo apropiado de la Biblia que dé perspectiva, instrucciones, o consuelo de Dios. El aliento espiritual puede ser, también, alertar a alguien que esté yendo por la senda equivocada para brindarle corrección amorosa.

Por último, el aliento es motivador (He 10.24, 25). Recuerdo las muchas veces que mi madre me brindó palabras de aliento por no haber recibido una buena calificación en la escuela. Ella nunca me avergonzaba o censuraba por una mala calificación, por el contrario, me animaba a hacer lo mejor que pudiera. Su consejo ha permanecido conmigo todos estos años, motivándome a dar lo mejor de mí en todo lo que hago.

Si usted, también, ha sido alentado por su madre, ¿por qué no hacerle saber lo mucho que ella ha influenciado su vida, y lo agradecido que está por su amor y su entrega? Luego, siga su ejemplo, así como Pablo siguió las pisadas de Bernabé; llegue a convertirse en un hijo o una hija de consolación en su familia, su lugar de trabajo y en su iglesia. El Señor le bendecirá abundantemente tanto a usted como a las personas que aliente. Nunca se sabe la bendición que puede significar las palabras o las acciones compasivas en la vida de alguien.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Quiero desearles un muy feliz Día de las Madres a todas las mujeres que dan todo de sí cada día para criar hijos en los caminos del Señor. Mi esperanza es que usted sea alentada en su día especial, así como ha sido de aliento para otros. Que Dios la bendiga.