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Octubre 2014

Apreciado(a) colaborador(a):

Vivimos en una era electrónica de información y entretenimiento constantes. Con tantas voces que compiten por nuestra atención, podemos fácilmente acostumbrarnos a vivir sin darnos cuenta de que no estamos escuchando a Dios. Por ejemplo, en la mañana, ¿enciende usted la radio o la televisión? ¿Revisa sus correos electrónicos, Facebook, y escucha o ve las noticias? No hay nada malo con hacer estas cosas, pero ¿nos están ellas impidiendo escuchar al Señor? ¿Tiene Él un lugar en nuestra rutina de la mañana, u otras voces han ahogado la del Señor?

Dios desea comunicarse con cada uno de sus hijos de manera individual. En realidad, Él ha estado hablando siempre, desde los albores de la creación. En el Antiguo Testamento, habló por medio de los profetas, y en el Nuevo Testamento, por medio de su Hijo (He 1.1, 2). Y hoy, Él sigue comunicándose con nosotros mediante su Palabra escrita y por el Espíritu Santo que mora en nosotros (Jn 16.13). El punto es: ¿Estamos escuchando?

Nuestros oídos se ajustan de manera natural a lo que está aferrado a nuestro corazón y a nuestra mente. Si este mundo y todo lo que a él le interesa son nuestro enfoque principal, entonces solo escucharemos sus mensajes. En cambio, si nuestros corazones están inclinados a Cristo, desearemos saber qué piensa Él, y qué quiere hacer en nuestra vida. Cuando Jesús vivió en este mundo, tuvo como prioridad cada día a su Padre. Es por eso que solía levantarse, antes del amanecer, para buscar un lugar apartado para orar. (Mr 1.35).

Si el Hijo de Dios necesitaba escuchar a su Padre, ¿cuánto más nosotros? Puesto que no tenemos idea de lo que nos espera cada día, es sumamente importante buscar la guía y la fortaleza de Dios cada mañana (Sal 5.3). Yo he descubierto que Él siempre es fiel para dirigirme a hacer su voluntad, si dedico tiempo para escuchar realmente su voz. Ahora bien, esto significa que no puedo simplemente leer mi Biblia, presentarle mis peticiones en oración, y luego marcharme. La oración no solo se trata de hablar con Dios, sino también de escucharlo.

¿Alguna vez ha terminado su tiempo de oración, y se ha quedado en silencio para escuchar lo que el Señor quiere decirle? Esto no significa que debamos exigirle una respuesta, sino que debemos permanecer en silencio el tiempo suficiente para escucharle, en caso de que Él quiera darnos instrucciones, aliento o corrección.

Cuando yo era joven, mi abuelo me contó cómo le hablaba Dios. Esto encendió en mi corazón el deseo ardiente de oír a Dios hablándome también a mí de manera personal. Fue cuando entendí que tenía que aprender a escuchar al Señor. A lo largo de los años, Él ha sido fiel para enseñarme. Esos momentos de silencio a solas con Él han sido mi fuente de confianza, valor, fortaleza y alegría. No puedo pensar en otra lección más importante que enseñar a otros cómo escuchar a Dios.

Ahora la gran pregunta es: ¿Cómo podemos saber si estamos escuchando al Señor? Puesto que Él no nos habla con una voz audible, tenemos que discernir si nuestras percepciones son de Él o de nuestras mentes (1 Jn 4.1). Los siguientes principios pueden ayudarle a distinguir la diferencia:

Ante todo, la voz de Dios siempre es cónsona con su Palabra. Todo lo que diga a nuestros corazones, coincidirá con lo que ha dicho en la Biblia (Hch 17.11). Él nunca nos conduce a hacer cosas o a relaciones que nos lleven en la dirección equivocada o que contradigan lo que enseñan las Sagradas Escrituras.

En segundo lugar, sus mensajes normalmente retan nuestra fe. ¿Ha sentido usted alguna vez a Dios animándole a hacer algo que está más allá de su capacidad, experiencia o educación, y se excusa, diciendo: “el Señor nunca me pediría que hiciera algo como eso? Muchas veces, eso es precisamente lo que Él nos exige, ya que los desafíos aumentan nuestra fe (He 11.6). Cuando, a pesar de nuestros temores y deficiencias respondemos con obediencia, Dios no solo nos prepara para la tarea, sino además nos ayuda a crecer en la fe.

En tercer lugar, la voz del Señor es a menudo callada. Por lo general, queremos que nuestras oraciones sean contestadas de manera espectacular. Pero, a menudo, Él habla calladamente a nuestros corazones en los momentos que menos esperamos (1 R 19.11-13). A veces, he venido al Señor pidiendo su dirección en una decisión importante que debo tomar, y no he escuchado nada de Él durante mi tiempo de oración. Pero, algunas horas después, o incluso días, recibo la respuesta mientras conduzco por la autopista. La clave para escuchar la voz de Dios es mantener un espíritu atento que nos ayude a estar preparados para escuchar su voz cada vez que nos hable.

Aunque algunas personas creen que Dios nunca les habla, nuestro misericordioso Padre celestial quiere que sus hijos identifiquen su voz. Mi oración hoy es que, al usted apartar tiempo con el Señor para leer su Palabra y orar, escuche su voz hablándole personalmente. Recuerde que cuanto más sintonice su corazón con el de Dios, mejor llegará a ser su capacidad de escucharle.

Fraternalmente en Cristo,

Charles F. Stanley

P.D. Aquí, en Ministerios En Contacto, estamos muy agradecidos por sus fieles oraciones y ofrendas. No podríamos llevar a cabo lo que Dios nos ha llamado a hacer, sin amigos como usted. Juntos, podemos alentar a otros creyentes en su caminar con Cristo, fortalecer las iglesias locales y llevar el mensaje del evangelio a todo el mundo.