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Se busca una nueva clase de líder


Se busca una nueva clase de líder

por Bill Peel

En la Segunda Guerra Mundial, Winston Churchill miró hacia el mar, y dijo a uno de sus ayudantes que los británicos tenían que hacer emerger a todos los submarinos alemanes. ¿De qué manera? "Haciendo hervir el océano", dijo el primer ministro. Cuando el ayudante le preguntó cómo se proponía lograr esa hazaña, Churchill respondió: "Yo sólo le estoy ofreciendo la idea; ocúpese usted de los detalles".

Si usted es como yo, y como muchos hombres que conozco, cuando se trata de ser un líder se siente como el ayudante de Churchill: desconcertado en cuanto a dónde comenzar una tarea que está muy por encima de nuestra capacidad. Usted quizás siente como si hubiera sido el último en la repartición de los "genes del liderazgo".

Pero la verdad es que todos hemos sido llamados y dotados por Dios para liderar a cierto nivel, y eso no tiene nada que ver con hazañas sobrehumanas. La esencia del liderazgo, según la Biblia, no es tener una personalidad magnética o habilidades excepcionales. Tampoco es gozar de una posición de autoridad, o ser capaz de lograr todo lo que uno quiere. Según Dios, el liderazgo tiene más que ver con lo que uno es y con las decisiones que uno toma, que con la autoridad que ejerce. Es creer que lo que Dios dice acerca de uno, es más importante que lo que está en nuestra hoja de vida. También se reduce a la mayordomía: tomar la iniciativa y ser responsable de todo lo que Dios nos ha confiado.

La economía de Dios

Si la palabra mayordomía le hace pensar en presupuestos y recolección de dinero pro-templo, permítame ampliar su concepto. La palabra griega oikononomía, conocida como mayordomía, es un término económico (de hecho, es el origen de la palabra "economía") que describía al comercio en tiempos del Nuevo Testamento.

En 1 Timoteo 3, el apóstol Pablo le dice a su discípulo cómo seleccionar a los líderes de la iglesia; es decir, debía elegir a hombres que ya estaban mostrando una mayordomía fiel de su hogar, que incluía a la familia y a todos los que estaban relacionados con el pequeño comercio que tenían. El significado literal de proistemi —la palabra griega que Pablo utilizó para describir esta mayordomía— es estar adelante, lo que implica claramente un estilo proactivo e intencional de liderazgo. La típica pasividad masculina no es una opción para los mayordomos fieles. No podemos decir: "Que lo haga otro". No hay espacio para culpar ni responsabilizar a otros. Como hombres, debemos ser líderes ejemplares que estén "al frente". No podemos esperar que otros asuman la responsabilidad; somos nosotros quienes debemos tomar la acción de "cuidar, proteger, gobernar, ayudar". Contrariamente a la creencia popular, lo opuesto a líder no es seguidor; es espectador pasivo a la espera de que los demás asuman el control.

Lamentablemente, la pasividad fue el camino que Adán escogió cuando debió haber sido el líder. En vez de seguridad, demostró temor; en vez de asumir la responsabilidad, transfirió la culpa (Gn 3.1-12). Tal pasividad masculina, hoy día, ha resultando en hogares, comunidades, iglesias y negocios arruinados. Los padres pasivos se niegan a apagar la televisión, aunque saben que el contenido del programa está dañando a sus hijos. No confrontan las prácticas comerciales poco éticas; ni dan la cara por lo correcto. Se sienten espirituales porque calientan un banco de la iglesia, y ponen un billete en el plato de las ofrendas. Se desentienden de lo que está mal en su comunidad, culpando a los políticos por los terribles problemas sociales, mientras que ignoran su responsabilidad de contribuir con algo que realmente podría marcar la diferencia.

Invertir en lo que ya se tiene

Durante mi infancia, mi padre era bastante pasivo en cuanto a la crianza de los hijos. Todo el mundo (incluso yo) amaba a mi padre; era un hombre maravilloso, pero no se involucró en mi vida desde el principio. Él había crecido sin padre, así que ¿cómo iba a saber cómo criar un hijo? Sin embargo, llegó a demostrar lo bueno que había en él.

Cuando yo tenía 14 años, no sólo estaba lidiando con la inseguridad normal de ser adolescente, sino que también me estaba adaptando a una nueva escuela. Para colmo, estaba en la banda de música, y trataba de jugar fútbol. Mi día comenzaba con los ensayos de la banda a las 6:30 a.m., y terminaba 12 horas más tarde entrenando para el equipo. Cuando mis notas empezaron a bajar, papá mostró su desaprobación y comenzó a presionarme.

Después de cuatro semanas de iniciado el año escolar, yo estaba acabado. Me despertaba cada mañana con dolor de estómago, y finalmente capté la atención de mis padres. Después de una visita al médico —que no encontró nada malo en mí— le dije a mi mamá que sentía que papá estaba poniendo demasiada presión sobre mí.

La noche siguiente, él entró en mi habitación, se sentó junto a mí, y me pidió perdón con lágrimas en los ojos. Ese fue el comienzo de una nueva relación con mi padre. Desde ese día empezó a asumir la responsabilidad, y a demostrar con acciones que yo era prioridad en su vida; eso unió mi corazón al suyo. Regularmente pasaba tiempo conmigo, haciendo su mundo parte de mí. Encontró la manera de estar en muchas de mis prácticas y en todos mis juegos, incluso cuando estaba asignado en la banca. Papá se convirtió en un componente integral de mi vida, y nunca dejó de hacer el esfuerzo, porque decidió tomar la iniciativa de utilizar lo que le había sido dado para hacer todo lo posible como padre.

Como dijo el poeta británico George Herbert: "Un padre es más que cien maestros de escuela". Estudio tras estudio demuestra que una familia está mejor cuando el padre está presente en el hogar. Pero no cualquier clase de padre. Las esposas y los hijos necesitan un líder que entienda su responsabilidad de procurar y proporcionar a cada miembro de la familia el mayor bienestar posible, y ayudar a cada uno a ser todo lo que Dios quiere que sean. Existimos para servir y sacrificarnos por ellos, teniendo el sacrificio de Cristo como nuestro modelo de mayordomía (Ef 5.25; 6.4).

Esto implica mucho más que pasar tiempo con ellos. Significa también ayudar a cada miembro de la familia a descubrir su vocación, y a ser buen mayordomo de los dones dados por Dios. Nuestras familias no existen para nuestra conveniencia y placer, para que sean lo que nosotros queramos. Son hechura de Cristo, no nuestra (Ef 2.10). El Señor tiene un propósito específico en mente para cada persona. Nuestra tarea es ayudar a nuestra familia a descubrir, aceptar y seguir el llamado de Dios. ¿Ha tomado usted tiempo para pensar en lo que apasiona a su esposa y a sus hijos? ¿Qué sueñan? ¿Cuáles son sus dones? ¿Qué puede usted hacer hoy para ayudarles a descubrir y hacer la voluntad de Dios?

Perder el ego para encontrar la identidad

¿De dónde viene la capacidad para liderar? Si estamos seguros de nuestra identidad en Cristo, no tenemos nada que perder si nos damos como mayordomos fieles. En realidad, tenemos todas las de ganar. En Marcos 8.34, 35, Jesús dice a sus discípulos: "Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz y sígame. Porque todo aquel que quiera salvar su vida la perderá; y todo aquel que pierda su vida por causa de mí y del evangelio, la salvará".

Jesús no estaba hablando de la vida física o de la vida eterna; la palabra que utilizó (Marcos la tradujo al griego como psiquis) se refiere al yo individual de la persona —a la identidad y personalidad que distingue la vida de un hombre. Él quiso decir: todos vienen a este mundo sufriendo de una crisis de identidad. Separados de nuestro Creador, no sabemos quiénes somos, pero el instinto de distinguirnos es tan fuerte que controla nuestras vidas, e incluso nos matará si dejamos que lo haga.

Pero Jesús no estaba diciendo que debemos tomar nuestros deseos más profundos —de valía, identidad y respeto— y enterrarlos. Más bien nos desafía a buscar nuestra plenitud en Él, la única fuente que dará la satisfacción en cuanto a cantidad y calidad que anhelan nuestras almas.

El problema es que comenzamos a definir en términos de dinero, popularidad y éxito mundano quiénes somos, desde una edad muy temprana. Y el hábito de hacerlo es casi imposible de revertir, sobre todo cuando se nos dice una y otra vez que son estas cosas con las que se evalúa a un hombre.

Dios no nos pide que crucifiquemos nuestro deseo de ser alguien, sino que crucifiquemos aquello a que estamos aferrados, y que usamos para ocupar el espacio que Él debe tener en nuestras vidas. Si usted ha tratado de renunciar a algo que ha utilizado para definir su ser, sabe por qué dice Jesús que eso es como ir a la cruz. Se siente como una ejecución —estamos renunciando a algo que pensamos que necesitamos para vivir.

La persona que pensamos que éramos muere para que podamos descubrir nuestra verdadero yo en Cristo. Y cuando encontramos nuestro verdadero yo en Él, encontramos también el amor y la suficiencia que nos capacitan para ser los mayordomos y líderes que Dios quiso que fuéramos cuando nos creó.

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