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Tiernamente encarnado


Hacia una experiencia más profunda del tiempo de Adviento

por Tony Woodlief

Los días previos a la Navidad, cuando yo era niño, estaban llenos de ansiosa espera, con el lento paso de las horas. Las compras en las tiendas de departamentos venían primero, luego las decoraciones; a esto seguían las canciones navideñas en la radio, y después los regalos debajo de nuestro arbolito. A medida que proliferaban las señales de la Navidad, yo casi no podía contenerme.

Pero los minutos parecían convertirse despiadadamente en pequeñas eternidades, por lo que me preguntaba cómo iba a esperar hasta el día de Navidad sin morirme; no era más que un niño impaciente, en el que la tensión de la espera era demasiado grande para que pudiera soportarla su pequeño cuerpo.

Supongo que esto le sucede a muchos niños, y tal vez a muchos adultos también, que esperamos la llegada de la Navidad con la sensación de que trae alegría, regalos, golosinas, fiestas y vacaciones. Al adoptar la fe cristiana en la edad adulta, aprendí a prestar atención a la temporada de Adviento, a las lecturas de las Escrituras sobre las profecías, los magos errantes y los pastores que enmudecieron cuando los ángeles iluminaron el cielo de la fría noche.

Todo ello generó, en un hombre para quien la Navidad ha sido moldeada por las experiencias de la infancia, una mentalidad de gozosa espera. Y así debe ser, por lo privilegiados que somos de que Dios mismo descendiera para nacer en un establo de animales y adoptara carne humana, todo ello por su gran e indescriptible amor por nosotros.

Pero debemos preguntarnos: En medio de la música alegre, la comida y las tradiciones de la temporada, ¿con qué fin vino este Dios-hombre?

Hay respuestas llenas de gozo, sin duda. Él trae a esta Tierra “paz, buena voluntad para con los hombres” (Lc 2.14). Él es una “luz perpetua” (Is 60.19). El nacimiento de Cristo significa “Dios y los pecadores reconciliados”, como declaró Charles Wesley en un solemne himno.

Para ser reconciliados con este Dios que hemos ofendido sobremanera y tantas veces, a quien anhelamos pero no podemos ver, esto es, sin duda, “nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo” (Lc 2.10). Aún así la pregunta persiste. ¿Con qué fin vino el Rey de gloria, este Dios tan tiernamente encarnado?

Sabemos la respuesta, pero no estamos acostumbrados a pensar en ella. Él vino para morir, para tener su cuerpo sin pecado desfigurado por hombres inicuos y para perdonarlos en la cruz que Él iba a sufrir.

Lo sabemos, pero muy a menudo vivimos durante el tiempo de Adviento como si esta dolorosa verdad no tuviera importancia. Tal vez la razón es mi propensión a buscar el placer, que hizo que nuestros antepasados puritanos prohibieran la celebración de Navidad. La comida, los regalos, la ropa de lujo, un descanso del trabajo —todo eso le hace el juego perfecto a mis debilidades carnales. Quiero sentarme y escuchar “Noche de Paz”, y no escuchar nada más, porque lo único que quiero es paz.

En esto, sé que no soy el único. Y quizás es también otra razón por la que rehúyo el dolor de la encarnación, porque quiero paz, y un bebé manso y humilde es mucho más reconfortante que un Rey humilde que vino para poner boca abajo los reinos terrenales, volcar las mesas de los cambistas y cambiar los corazones.

Como en tantas otras partes de mi vida, rehúyo la realidad de que la vida cristiana es una mezcla de gozo y tristeza. Estamos llamados a tomar la cruz y seguir a nuestro Salvador y, sin embargo, tener por sumo gozo (cp. Stg 1.2) cuando estemos en medio de las pruebas. Hemos sido liberados del pecado y de la muerte, pero estamos enlodados todavía por las heridas, los fracasos y la falsedad de un mundo formado en batalla contra una vida fiel. Tener gozo sin ninguna tristeza, o tristeza sin ningún gozo, no es vivir plenamente la vida a la que cada uno de nosotros ha sido llamado.

Sin embargo, así es como yo vivo a menudo: temeroso del sufrimiento inevitable, buscando continuamente un ambiente de felicidad, una distracción. Salomón vio esta tendencia cobarde entre la gente de su tiempo, y tal vez incluso en sí mismo: “Aun en la risa tendrá dolor el corazón, y el término de la alegría es congoja” (Pr 14.13).

De modo que percibo a la Navidad como un tiempo de felicidad pasajera. Sí, hay indicios, en los himnos de las iglesias, del propósito de Cristo, como en la estrofa final de The First Noel (La primera Navidad), donde cantamos: “Y con su sangre la humanidad compró”. Hay muchos relatos en cuanto a profecías cumplidas: “Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados” (Is 53.5). Hay, sin duda, estos susurros del solemne propósito de esta temporada, pero no los vivo de verdad, y tampoco lo hace nuestra cultura.

Esta triste realidad acerca de la Navidad puede ser apreciada incluso en la evolución de uno de mis himnos navideños más querido: “Cántico de Noel”. El poeta francés Placide Cappeau lo escribió en 1847 con estas emocionantes palabras: “Por todos nosotros nace, sufre y muere”, sin embargo solo ocho años después, el predicador unitario John Sullivan Dwight quitó esta cruda realidad del himno. ¿Quién quiere hablar de un bebé que nació para morir, cuando lo que hay que hacer es celebrar?

Pero tenemos que hacerlo.

Esta es la actitud cristiana: aceptar el gozo de Cristo y su sufrimiento. Nos regocijamos, con los ángeles, por su nacimiento. Pero lloramos por la abominable masacre de inocentes ordenada por Herodes después del nacimiento de Cristo. Fueron estos pequeños los primeros en sufrir el martirio por Cristo.

Damos gracias con una creación que gemía tan fuerte porque viniera el Salvador, que tanto judíos como gentiles, por igual, predijeron su venida. Pero lloramos por el gran costo de su sangre —un precio que tantas veces hemos menospreciado.

Damos gracias porque, como escribió tan elocuentemente el teólogo Atanasio del siglo IV: “Se vistió de un cuerpo, de modo que en el cuerpo pudiera encontrar la muerte y destruirla”. Pero nos entristecemos por la facilidad con que deshonramos ese mismo cuerpo, y por tanto el cuerpo de la iglesia, y de Cristo.

Teniendo en cuenta lo grande que es su amor y su misericordia, y la facilidad con la que presumimos de ellos, y de cómo Él sigue siendo fiel a pesar de nosotros mismos, ¿cómo podemos hacer otra cosa sino reír y llorar al mismo tiempo?

El tiempo del Adviento siempre será, para mí, un momento de gran expectación. Sin embargo, es necesario que se convierta también en un tiempo de arrepentimiento, incluso de ayuno, en los días previos a la Navidad. La alegría de la paz en la tierra, después de todo, es grande solamente cuando examinamos la magnitud de la lucha que también la desgarra. La luz de Cristo brilla tan intensamente, porque las tinieblas de antes han sido muy profundas.

Cómo prepararse para tener una major Navidad

Considere estas sugerencias:

Adopte el ayuno. Desde los primeros días de la iglesia, los cristianos han ayunado en preparación para celebraciones importantes, o “días santos”. En este Adviento, trate de renunciar a ciertos alimentos desde el comienzo de la temporada (2 de diciembre) hasta la Navidad. Los ayunos tradicionales incluyen la carne y los productos lácteos, pero a lo que renunciemos importa menos que el espíritu con que lo hagamos. El ayuno debe ser un reto, pero no tiene que ser excesivo. El objetivo es lograr una mayor toma de conciencia de la presencia de Dios y de devoción a Él, permitiendo que el Señor se mantenga como el centro de nuestra atención. Otras opciones incluyen limitar el uso de medios, tales como la televisión, el cine, la música o la Internet, para dejar más tiempo para la lectura de la Biblia y la oración.

Ore cada día. Mientras nos preparamos para la Navidad, la comunión regular con Dios nos ayuda a evitar muchas trampas, desde un exceso de indulgencia y materialismo, hasta juzgar a los demás, la idolatría, o la apatía. La oración constante mantiene nuestros corazones sensibles a la dirección del Espíritu Santo en cada momento, haciendo de esa temporada un tiempo fructífero —no simplemente uno que experimentamos yendo de fiesta en fiesta y comprando regalos. La oración es también una salvaguardia contra el orgullo, manteniéndonos conectados a nuestro humilde Señor cuando confesamos nuestros pecados a Dios y confiamos en su fuerza, no en la nuestra.

Sirva a los demás. El Adviento es un tiempo para crecer en la semejanza a Cristo; ser moldeados a la imagen del Señor requiere que sigamos su ejemplo de servicio. Dar regalos no tiene nada de malo, pero el dar nuestro tiempo y servicio a otros puede que sea la expresión más poderosa de amor que podamos dar. Por medio de esto, nos convertimos en las manos y los pies de Jesucristo para las personas que nos rodean.

 

1 comments
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  • December 28, 2012 11:00 AM

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    Gracias por que mi entendimiento se a inriquesido un poco mas.

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