Volverse grande en el reino de Dios requiere práctica, en la mayoría de los casos, y por mucho que nos entrenemos, nunca será suficiente.
por Erin Chewning
Desde finales de agosto hasta mediados de noviembre, mis planes del viernes por la noche son los mismos: asistir a un juego de fútbol americano de una escuela secundaria. Me dedico a animar a los jugadores y disfruto del espectáculo del estadio. Los ruidosos fanáticos crean un entusiasmo como ningún otro.
Aunque la emoción del fútbol del viernes por la noche es contagiosa, eso no es lo que me atrae de nuevo al juego cada semana. Estoy arraigada en este ritual por causa del entrenador que se sienta en el palco de prensa, con una pasión y un entusiasmo insaciables por el juego. Cuando me convertí en la esposa de un entrenador, esperaba ver mucho fútbol americano, pero nunca contaba con que eso contribuiría a mi crecimiento espiritual.
La primavera pasada, comencé a ver un paralelo entre el deporte y el caminar con Cristo. Cada semana, antes de empezar las prácticas, los entrenadores preparan la estrategia para el día del partido. Así que, al llegar la noche del viernes, con las luces brillando en lo alto sobre el estadio, son los entrenadores los que deciden cómo habrá de jugarse, y quienes mandan en el campo de juego. Son los entrenadores lo que tienen la última palabra, sin tener que dar ninguna explicación.
Al observar esto, me di cuenta de que solo Dios tiene la última palabra en nuestras vidas. Él es el supremo “entrenador”, y su ojo está puesto en la meta de perfeccionarnos en Jesucristo (Fil 1.6). Podemos rebelarnos contra su manera de actuar, pero no ganaremos al final —así como los jugadores no triunfarán si hacen caso omiso a las indicaciones de su entrenador.
Pregunte a mi esposo, y él le dirá el orgullo no tiene lugar en el deporte. Si eso es cierto, sin duda tampoco tiene cabida en el corazón de un seguidor de Cristo. Jesús dice: “Por tanto, el que se humilla como este niño será el más grande en el reino de los cielos” (Mt 18.4, NVI).
Al pensar en el deporte, me pregunto con qué frecuencia vivo según mis propias estrategias. He visto cómo el orgullo lleva finalmente a un carácter empañado y a relaciones dañadas —a una vida que no está a la altura del plan perfecto de Dios. A la larga, lo único que hará eso será derribarnos y estropear la imagen de Cristo en nosotros. Pero no podemos hacer otra cosa si no nos lo proponemos. Al igual que los atletas, tenemos que entrenar todos los días, practicando el arte de la humildad para cuando eso realmente cuente. La pregunta es: ¿Lo haremos?