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El idioma del corazón


Recuperemos el vocabulario cristiano

Usted probablemente ha escuchado la jerga evangélica, el uso de ciertos términos que utilizamos los cristiano, que deja perplejos a los no evangélicos, preguntándose de qué cosas estamos hablando. Usualmente, estas palabras y estas frases son en sí mismas y por sí mismas positivas. Por lo general, tienen su origen en la Biblia, y aun cuando no sea así, su significado real puede tener una gran riqueza. Sin embargo, las palabras que utilizamos en la jerga evangélica han sido utilizadas con tanta frecuencia, que a veces corren el peligro de perder su valor original. Cuando eso sucede, es posible que ya no comuniquen su verdadera esencia.

En cualquier idioma, las palabras son la herramienta fundamental para transmitir un mensaje de una persona a otra. Por esa razón, son también un regalo de Dios a la humanidad. Y aunque el Señor no se limita a comunicarse únicamente por medio de las palabras, las Sagradas Escrituras muestran claramente lo importante que son las palabras de Dios. El hecho de que nuestro Creador haya decidido hablarnos en nuestro idioma, es una poderosa evidencia de su deseo de relacionarse con nosotros.

Por tanto, cuando utilicemos el lenguaje bíblico, es importante pensar en lo que realmente estamos comunicando, y tener en cuenta el poder del significado real de nuestras palabras. En esta nueva sección, esperamos rescatar la esencia de nuestro vocabulario cristiano, con el potencial que tiene de dar vida.  —El personal de En Contacto.

Creencia :“Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo” (Hch 16.3, cursivas añadidas). Estas palabras pronunciadas por el apóstol Pablo a su carcelero, son repetidas con frecuencia por los cristianos cuando invitan a otros a poner su fe en el Señor. Pero si la creencia es lo que nos transforma, ¿por qué, entonces, la mayoría de las personas dicen que “creen” en Jesús, pero viven al mismo tiempo como si Él no tuviera nada que ver con sus vidas cotidianas? Más concretamente, ¿por qué tantos que se dicen devotos “creyentes” no demuestran la clase de transformación que Jesús prometió a sus seguidores?

Tal vez nuestro problema para vivir lo que profesamos, tiene algo que ver con la manera que pensamos en cuanto a la creencia. Nuestra cultura contemporánea tiende a tratarla como si fuera una cuestión de opinión personal, algo que no importa mucho a fin de cuentas. “Piensa lo que quieras, siempre y cuando eso no me afecte a mí”, es la actitud común. Sin embargo, como cristianos, tenemos que insistir que Dios es la definición definitiva de la verdad. Si Dios existe, entonces nuestras creencias son correctas solo en la medida en que se correspondan con la revelación de lo que Él es.

Bien entendida, creer no es una manera de pensar, sino una acción. Y lo que creemos dicta en realidad nuestra forma de vivir. Por eso es tan importante reconocer la diferencia que hay entre filosofar acerca de Dios y creer de verdad en Él. Tenemos que recordar que es posible conocer todos los conceptos correctos, tener la capacidad de hablar convincentemente sobre ellos con los demás y, sin embargo, no creer una sola palabra de lo que decimos. Podemos engañarnos a nosotros mismos durante un tiempo creyendo que toda nuestra prédica sobre el Señor y sus caminos equivale a tener una fe genuina. Pero al final, lo que realmente está en nuestros corazones se manifestará en lo que decimos y hacemos. El resultado podría ser desastroso, desde unas relaciones rotas, hasta la pérdida del ministerio y darle la espalda a Dios.

Creer (o poner la confianza) en Jesús no es simplemente decir que uno está de acuerdo con quienes dicen que Él es Señor. La creencia correcta implica someter todo nuestro ser —mente, cuerpo y espíritu— a la persona, no simplemente a la idea, de Jesucristo. Cuando creemos de verdad en Él, nos abrimos a su misma presencia, aceptándolo como lo que es: el único camino, la base de la realidad, y la fuente de la vida (Jn 14.6; 4.14).

La Biblia nos dice que la fe de Abraham hizo que él se sometiera a la voluntad de Dios: “Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia” (Ro 4.3; vea también Gn 15.6). Eso está lejos de ser una simple afirmación. Cuando Jesús habló de creer, lo formuló en términos de “actuar”, como una búsqueda activa del Señor y un intento continuo de hacer su voluntad (Jn 6.28, 29). Fue por eso que dijo: “Al que cree todo le es posible” (Mr 9.23), y “Si ustedes creen, recibirán todo lo que pidan en oración” (Mt 21.22 NVI). Él no estaba hablando de la fuerza de voluntad, ni de “di las palabras y te será concedido”. Antes bien, estaba llamando a sus seguidores a buscar a Dios y a obedecer su voluntad.

Muchos creyentes viven como si el cristianismo fuera simplemente estar de acuerdo con los principios de la fe. En el día del juicio, cuando toda rodilla se doblará delante de Dios, decir “Señor, Señor” no será suficiente; Jesús responderá con la dura verdad de que personas como esas, en realidad, nunca tuvieron una relación personal con Él (Mt 25.31-46).

Solamente hay una manera de llenar nuestra fe en Jesús con la verdad genuina y el poder sanador: vivir momento tras momento con Él, permitiendo que su Espíritu nos guíe y ponga en sintonía nuestros corazones con Cristo solamente. Es entones cuando, tal como el Señor lo prometió, fluirá de nuestra fe una vida interminable, como un torrente tan grande capaz de mover montañas (Mt 17.20-21).

 

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