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Meditación diaria

La luz del mundo

Leer | Juan 1.1-5

20 de diciembre de 2014

El libro de Malaquías contiene las últimas profecías de Dios registradas en el Antiguo Testamento. En el período intertestamentario, como son conocidos los cuatro siglos posteriores, no hubo ningún mensaje de Dios a su pueblo. Zacarías, el padre de Juan el Bautista, rompió el silencio de 400 años cuando profetizó que “nos visitará desde el cielo el sol naciente, para dar luz a los que viven en tinieblas” (Lc 1.78, 79 NVI).

Zacarías estaba anunciando el nacimiento de Jesús en un mundo espiritualmente en tinieblas. Pablo se refirió de esta manera a la condición de la humanidad sin Cristo: “Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido” (Ro 1.21). El estado de los no creyentes de hoy es el mismo que ha sido siempre. Las tinieblas afligen la Tierra, porque las personas viven con una sensación de frustración y vacío, en su intento por satisfacer los apetitos de la carne que nunca se satisfacen.

La luz de Jesucristo nos permite vernos como lo que somos: pecadores con la necesidad de un Salvador. Recibir a Jesucristo como Salvador significa que nuestros pecados son perdonados, y la sentencia de muerte anulada. La luz del Hijo de Dios tiene un segundo propósito para el creyente. El Señor Jesús nos ilumina el camino correcto en la vida, por lo que no tenemos que rendirnos a la tentación. Quien decide andar en la luz —obedeciendo los mandamientos de Dios, y buscando vivir de acuerdo con su dirección— no puede andar en tinieblas (Jn 8.12).