Dios no nos recompensa según nuestro servicio. Él siempre nos da más
Por Linda Canup
Shelly quería traer a sus amigas a la iglesia, pero le preocupaba que no fuera buena idea. Así que le advirtió a mi esposo: “Ellas están en el proceso de desintoxicación de drogas, y les resulta difícil permanecer quietas”.
Después de una larga historia de adicción a las drogas y a su lucha por sobrevivir, Shelly finalmente vino a Cristo hace unos cinco años, y comenzó el proceso de enderezar su vida. Ahora ayuda a otras mujeres que están tratando de hacer lo mismo.
Shelly quería traer algunas mujeres a la iglesia donde mi esposo Glenn es pastor, pero sabía que este tipo de ministerio pondría a prueba la paciencia de todos.
¿Estaríamos dispuestos a ayudarlas después de alguna recaída y de la constante posibilidad de ser decepcionados? Servir a otros puede ser tan sencillo como llenar un vaso de agua, o tan difícil como dejarlo todo para ocuparse de cuidar de padres ancianos. Servir tiene el potencial de exigirnos lo máximo en todos los sentidos —tiempo, dinero y fuerzas.
Todos nos hemos distanciado deliberadamente de alguien, porque sabemos lo que nos espera si nos acercamos: enojo, irrespeto, dolor, inmadurez, etc. Es más fácil evitar el mal humor y las mentiras, las llamadas a las 2 de la madrugada, las carencias y la constante petición de dinero.
Cuando intervenimos para ayudar a otros, no hay ninguna garantía de que recibiremos amor, amabilidad y bondad. En muchos casos, lo difícil no es siquiera sentir falta de aprecio y reconocimiento por nuestros esfuerzos, es estar dispuestos a recibir dolor y rechazo a cambio del consuelo que damos.
Glenn estuvo de acuerdo en recibir a las amigas de Shelly y, en líneas generales, me siento orgullosa de la respuesta de nuestra congregación. Los voluntarios han alquilado un autobús para traer a las mujeres y sus hijos a la iglesia. Uno de los miembros las ayuda capacitándolas para trabajar, y otros recolectan útiles escolares y regalos para los niños.
Y, realmente, me gustaría que este fuera el final de la historia —que pudiera decir que todo ha sido sonrisas y bendiciones evidentes. Pero no es así.
Algunas personas tuvieron críticas muy fuertes en cuanto a la conducta de las mujeres. Glenn escuchó las quejas: “Se levantan y se ponen a caminar durante el servicio, es incómodo estar cerca de ellas, a sus hijos no se les ha enseñado cómo comportarse, etc”.
Afortunadamente, mi esposo respondió con sabiduría. Aceptó la hostilidad de las personas que se quejaron, y reaccionó con compasión. Se dio cuenta de que se sentían desplazadas, sin importancia, y olvidadas. Ellas también necesitaban ser ministradas. En vez de reprenderlas, las invitó a servir a las mujeres en recuperación.
Glenn sintió que si cada uno de los detractores era capaz de desarrollar una relación con alguna de las mujeres —mirarla a los ojos, y ver sus circunstancias, entonces Dios podría cambiar sus corazones, y desarrollar un espíritu de amor y servicio.
Esto podría tomar un tiempo
Sería maravilloso que yo pudiera decir que fueron“felices para siempre”, y que todas aquellas personas sirven ahora a estas mujeres, pero no sería cierto. Uno de los miembros se fue de nuestra iglesia, y algunas mujeres han decidido no regresar, debido a las quejas contra ellas. Si bien, ha sido una pérdida para todos, también ha habido un beneficio para algunos hermanos de la iglesia. Algunos han aceptado el desafío, y es hermoso ver la recuperación que está teniendo lugar poco a poco.
El cambio de mentalidad en cuanto a las incomodidades se inicia con la decisión de compartir el amor de Dios. Al intervenir en una situación incómoda, debemos decir:
“Elegiré ser como Cristo, quien enfrenta mi arrogancia, egoísmo y reincidencia en el pecado, e incondicionalmente mira mis necesidades y las satisface”.
Al hacer esto, reconocemos nuestros propios defectos, fracasos e inseguridades. Afortunadamente, hay sanidad tanto para el servido, como para el servidor. No podemos ser comunicadores del amor de Dios sin ser afectados por ese amor nosotros mismos. Este amor llena nuestros vacíos y nos forma de nuevo. Nunca volvemos a ser los mismos.
Al igual que las mujeres que están saliendo de las drogas, nosotros estamos aprendiendo a negarnos a nosotros mismos y a conducirnos como hijos de Dios. Ese cambio se siente incómodo a veces; pero a medida que vencemos nuestra resistencia, experimentamos el amor de Cristo, quien soportó voluntariamente todas las incomodidades para compartir con nosotros una nueva vida.