Por Winn Collier
Hace poco estaba instalando unas puertas en mi clóset, cuando mi hijo Seth se ofreció a “ayudar”. Pero déjeme decirle algo que es obvio: para hacer una buena instalación de una puerta no hace falta para nada un niño de ocho años de edad manejando el destornillador. Yo estaba cansado, irritable y desesperado por terminar. Y en esas condiciones, era realmente frustrante ver los intentos desesperados y desatinados de Seth por poner un tornillo. En momentos como estos, tenemos que tomar una decisión. La eficiencia tomará un camino, y el amor, otro.
Las maneras como normalmente solemos juzgar al éxito, la eficiencia y el progreso, tienden a debilitar el amor. La mayoría de las veces creemos que perseguir el éxito requiere que midamos los resultados y enumeremos los logros. Creemos que debemos tener una clara visión de nuestro futuro, y avanzar hacia el éxito. Si mi objetivo es llegar a un destino específico, sería útil saber cuándo me he desviado. A pesar de lo útil que puede ser esta acción, se puede ejercer sin amor.
Sin embargo, sin amor no puede haber éxito verdadero. De manera que, para volver a calibrar esta conexión, debemos redefinir la palabra “éxito”. En nuestra cultura, el concepto de éxito parece estar ligado a los logros que uno puede identificar y medir: hechos notables, grados académicos, fama, dinero. Sin embargo, la Sagrada Escritura hace pocas preguntas sobre la cantidad, pero sí muchas sobre la calidad. En otras palabras, usando el lenguaje bíblico, la pregunta no es tanto: ¿Es exitosa su vida?, sino ¿Es buena su vida?
Esta es precisamente la pregunta del salmista: “¿Quién de ustedes quiere gozar de días felices?”(Sal 34.12, parafraseado). En otras palabras: “¿Quiere usted tener una vida buena?” Podemos encontrar toda clase de indicadores del éxito, y no relacionarlos con nuestra vida. Podemos tener una vida intensa, productiva y activa. Pero, ¿vivimos bien? ¿Podemos decir que nuestra vida es realmente buena? Lo esencial, como el Señor lo ve, no es juntar nuestros recursos o maximizar nuestro potencial, sino más bien vivir una vida coherente con nuestra identidad como pueblo de Dios.
El salmista ofrece varias sugerencias en cuanto a la forma que puede tomar una vida buena, enfatizando que lo que más necesitamos no es una estrategia adecuada ni una visión apropiada, sino un carácter justo (Sal 34.8-15). Alguien que viva y ame bien dirá siempre la verdad y tratará a los demás con integridad; rechazará el mal y buscará el bien, al mismo tiempo que se ocupará del bienestar y el progreso de las personas. Pero, sobre todo, alguien que viva y ame bien encontrará su identidad en el amor de Dios, y será alimentado por ese amor.
Al examinar estas descripciones, descubrimos una imagen recurrente: la buena vida es aquella en que nuestros actos de amor están dirigidos de manera activa a Dios y a los demás. Esto suena familiar, ¿verdad? Así fue como Jesús describió el mandamiento más grande —lo más importante para tener éxito: amar a Dios y al prójimo.
Lamentablemente, gran parte de nuestro mundo se resiste a la vida sencilla del amor. Cada vez que juzgamos las cosas según la velocidad y la eficiencia, hacemos del amor un estorbo. El amor puede ser cualquier otra cosa, pero con toda seguridad no es eficiente. Rara vez viaja en línea recta; tenemos que aceptar que el camino es confuso y zigzagueante, lo que a veces, puede implicar entregarle el destornillador a un niño.
Otra dificultad con respecto a vivir bien —o como prefiero llamarlo, con amar bien— en nuestra cultura, es el hecho de que muchas de las perspectivas que tenemos del éxito nos mantienen en movimiento constante, ya sea físico o emocional. Estamos continuamente centrados en lo que sigue o en lo que vendrá, ejerciendo presión para tener alguna perspectiva del futuro. Cuando se tiene esta postura, es difícil estar realmente disponible para las personas que nos rodean, o actuar generosamente. Para el salmista, y para toda la Sagrada Escritura, la vida buena significa estar activamente presente en la actividad de Dios y también de su creación. Significa recibir misericordia y dar misericordia. Significa observar esas sutiles señales con la que Dios nos está empujando a la acción, empujándonos hacia el amor.
Algo cierto, pero difícil de aceptar, es que vivir y amar bien está en contra de nuestra idea de lo que debe llevarnos al éxito. Obedecer a Dios significará, en muchos casos, recibir menos elogios y más sufrimiento. Amar bien puede significar, incluso, que encontraremos más frustraciones que logros. Jesús fue el ser humano más exitoso de la historia, y murió en una cruz. Por supuesto, la muerte no fue el final de la historia. La vida y el amor tuvieron la última palabra. Siempre es así.